IoT

Internet of Things — internet de las cosas

Por Yapci Bello ·

Dispositivos físicos con conexión a una red: sensores, enchufes medidores, cámaras, termostatos. En domótica es la capa que aporta los datos y los actuadores que después coordina un sistema central como Home Assistant.

Qué es de verdad un aparato «IoT»

IoT significa internet of things, internet de las cosas. Detrás de esas tres letras hay algo mucho menos futurista de lo que suena: un objeto de toda la vida al que le han metido un chip de red. Un enchufe que además mide cuántos vatios pasan por él. Un sensor de puerta que avisa cuando se abre. Una cámara que expone su vídeo por la red de casa. Un termostato que se puede consultar desde el móvil.

Lo importante es entender que un aparato IoT, por sí solo, casi nunca resuelve nada. Un sensor de temperatura te da un número. Un enchufe medidor te da otro. Ninguno de los dos apaga nada ni decide nada. La utilidad aparece cuando alguien cruza esos datos y toma decisiones con ellos, y ese alguien es un sistema central: en mi caso, Home Assistant.

Por eso yo separo mentalmente dos cosas que la gente mezcla mucho:

  • IoT es la capa de aparatos: los ojos y las manos.
  • La domótica es lo que hace con ellos: el criterio.

Se puede tener la casa llena de aparatos conectados y no tener domótica ninguna, solo veinte aplicaciones distintas en el móvil. Es la situación más común que me encuentro.

Las tres capas que siempre hay debajo

Cualquier instalación, la mía y la de cualquiera, se descompone en tres capas. Saber en cuál está el problema ahorra tardes enteras.

Los aparatos. Sensores (que solo informan) y actuadores (que además hacen algo: cortar la corriente, abrir una válvula, subir una persiana). Los que van con pila suelen ser sensores; los que van enchufados pueden permitirse hablar más y hacer de repetidores en las redes en malla.

La red por la que hablan. Aquí es donde se decide casi todo. Puede ser wifi, Zigbee, Z-Wave, cable, Bluetooth o Matter sobre alguna de las anteriores. Cada una tiene un compromiso distinto entre consumo, alcance y ancho de banda, y elegir mal es lo que provoca esas instalaciones que «funcionan casi siempre».

El cerebro. El sistema que recibe, guarda, decide y muestra. Puede ser un servidor en tu casa o la nube del fabricante. Esa elección es la que determina si tu casa sigue funcionando cuando se cae internet o cuando la empresa cierra el servicio, y por eso le dedico una página aparte al hecho de trabajar en local.

Cómo lo tengo montado en casa

Mi instalación no nació de un plan: nació de ir arreglando problemas concretos, y eso se nota en que casi todo lo que tengo tiene una razón muy aburrida detrás.

Empecé con medición eléctrica, no con luces de colores. Quería saber qué gastaba cada cosa, porque discutir la factura sin datos es discutir a ciegas. Enchufes medidores en los electrodomésticos grandes y medición en el cuadro. Lo primero que aprendí fue que mi intuición sobre qué gastaba en casa estaba equivocada en varios aparatos: los que me preocupaban apenas pesaban, y un par que ni miraba resultaron ser los que marcaban la diferencia.

Después vinieron los sensores: puertas, ventanas, temperatura, humedad, presencia. Son baratos, van con pila y son los que dan contexto. Un calentador encendido no significa nada; un calentador encendido con la ventana abierta sí.

Y por último las cámaras, que trato como un mundo aparte: vídeo guardado en un equipo de casa y análisis en el propio equipo, sin que las imágenes de mi salón viajen a ningún sitio.

Todo eso lo une Home Assistant, que es software de código abierto, y buena parte de los aparatos hablan con él por MQTT. Lo que no he hecho —y es deliberado— es automatizar cosas que no molestaban. Una automatización que se equivoca una vez de cada veinte es peor que no tener automatización, porque genera desconfianza en toda la instalación.

Por qué le importa a quien vive en la casa

Tres razones, por orden de peso real en el día a día.

El dinero. No por apagar bombillas: por descubrir consumos que no sabías que tenías y por mover el gasto a las horas en que la electricidad es más barata. Poner el lavavajillas cuando toca es una decisión que se puede delegar en un sistema y olvidarse. Si además hay placas, la lógica cambia por completo: lo que interesa es gastar cuando hay autoconsumo disponible en vez de mandar el excedente solar a la red.

La fiabilidad. Una casa que necesita internet para encender una luz es una casa peor que una con interruptores normales. Cualquier automatización que monte tiene que degradar bien: si falla el sistema, el interruptor de la pared sigue funcionando. Esa es mi regla innegociable.

La privacidad. Un sensor de presencia sabe cuándo estás en casa. Un enchufe medidor sabe tus horarios. Una cámara lo sabe todo. Que esos datos salgan de tu red es una decisión, no una consecuencia inevitable de tener domótica.

En un negocio —un local, una oficina, un pequeño almacén— la lectura es la misma con otro nombre: control del gasto energético, aviso temprano cuando un congelador se sale de temperatura y registro de lo que pasó cuando algo falla. Y una obligación añadida: si hay cámaras con imágenes de personas, hay tratamiento de datos y aplica el RGPD.

Errores frecuentes

Comprar aparatos antes de decidir el cerebro. Es el orden equivocado y lo hice yo también. Si primero eliges el sistema central y compruebas qué soporta, te ahorras el cajón de trastos que no encajan con nada. Si compras primero, acabas atado a la aplicación de cada marca.

Meterlo todo por wifi. Veinte aparatos de wifi son veinte clientes más en tu red, veinte firmwares que actualizar y un router saturado. Los sensores con pila, sobre todo, no deberían ir por wifi: gastan mucho más y duran mucho menos.

Confundir «conectado» con «automático». Controlar una bombilla desde el móvil no es domótica: es un mando a distancia peor que el interruptor. La pregunta que hay que hacerse antes de comprar es qué decisión va a tomar sola la casa, no qué voy a poder pulsar desde el sofá.

Ignorar qué pasa cuando el aparato se queda sin servicio. Muchos dispositivos dejan de funcionar el día que el fabricante apaga sus servidores, aunque el hardware esté perfecto. Antes de comprar conviene saber si el aparato puede funcionar sin la nube de su marca.

No etiquetar nada al principio. Con diez aparatos te acuerdas de todo. Con sesenta, no. Nombres claros y consistentes desde el primer día es el consejo más aburrido y el que más tiempo ahorra a los seis meses.

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